“Taré tomó a Abram su hijo (…) y salieron con ellos de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán.” (Génesis 11:31)
Abram vivió hace unos cuatro mil años y trabajaba pastoreando ovejas, pero no era una persona sin estudios. En Ur, la ciudad donde creció, los niños iban a la escuela y aprendían a leer, escribir y hacer cuentas, del tipo calcular cuántos gures de grano crecían en 4.325 bures de terreno. (Un bur equivale a unos 63 m² y produce 30 gures, el equivalente a 9.000 litros de cebada.)
¿Te parece difícil la matemática? Más vale acostumbrarse. Los chicos de hoy no tienen que calcular gures y bures, pero todavía hay mucha multiplicación, división, fracción y decimal por aprender. Y cabe la misma pregunta que se hace sobre la Biblia: ¿para qué necesito esto?
Necesitas matemática para saber cuánto ahorrar, para verificar el vuelto en una tienda, para medir tablas al construir. La necesitas para muchísimas cosas del día a día. Con la Biblia es lo mismo: puede parecer teórica y difícil, pero aprender cómo Dios quiere que vivas y cómo tratar a los demás es bien práctico.
Desde el tiempo en que Abram era un muchacho en la vieja Ur, los niños aprenden tanto matemática como las Escrituras. No se puede vivir sin ninguna de las dos.