“Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.” (2 Timoteo 3:15)
Timoteo era hijo de una israelita y un griego. En aquella época, en Israel, los judíos escribían versículos en las puertas o en trozos de papel doblados dentro de pequeñas cajas atadas a las manos y a la frente. La madre de Timoteo probablemente no hacía eso —su marido griego no era afecto a ello—, pero enseñó a su hijo a leer la Biblia.
Quien creció en un hogar cristiano probablemente escuchó historias bíblicas desde que tuvo edad para apoyarse en los muebles y caminar. Y, a medida que creció, escuchó versículos que lo ayudaron a aprender a comportarse. Es algo simple, pero que vuelve a la persona más sabia.
Mejor aún: al prestar atención a la Biblia, el niño descubre que Dios lo amó de tal manera que envió a Jesús a morir en la cruz por él. Es lo más básico de lo básico, y es sabiduría cuando se guarda en el corazón.
No siempre el niño estará entusiasmado por escuchar principios bíblicos. Pero, si los aprende como los aprendió Timoteo, no solo le darán fe: le enseñarán a vivir.